Un voto estético
Artista, arquitecto, montañero, cristiano, de izquierda, y con cada año que pasa con menos interés en la democracia. No obstante en estas elecciones he tomado la decisión de votar.
Estoy lejos de considerarme alguien plenamente convencido por la campaña de Iván Cepeda; considero que se han cometido más que errores alrededor de su elección como candidato y en su posterior campaña. Soy consciente de que mi animadversión no está relacionada estrictamente a la figura de Cepeda; más bien esta se debe al clima político en el que se encuentra Colombia, que a mi manera de ver, se encuentra en un estado de reorganización política expresada en una repolarización más o menos clásica —al menos en el sentido novecentista donde se enfrentan una izquierda y una derecha— una vez superado el bipartidismo del Frente Nacional y la hegemonía uribista que sucedió posteriormente.
Precisamente esa polarización típica me parece necesaria, pero no implica un deseo de involucrarme activamente en ese reordenamiento, al menos en los términos de una actitud militante como persona de izquierda. No temo que se extingan las voces «intermedias» en la magnitud de un conflicto binario exacerbado, en lo absoluto, en especial porque considero que en sociedades tan desiguales y atravesadas por la violencia como la nuestra. Resulta hasta deseable esa polarización ideológica.
Me resulta sumamente desgastante que parte de las consecuencias del reconocimiento de una confrontación ideológica sea la exaltación del sistema democrático como un triunfo indiscutible, o, más bien, como un triunfo que colma las necesidades de civilización y donde todo costo que involucra el sostenerla es ignorado; especialmente cuando nuestra democracia se ha cimentado en el sacrificio de la vida de la clase trabajadora, empobrecida, campesina y marginada de este país, y cuyo sacrificio es mayormente evidenciado como forma de legitimación de la democracia: si se sacrifican, que sea para algo ¿no? Y no como la consecuencia de un sistema que también induce a ese sacrificio vital, un sistema que falla y que le falla en responderle en vida a quienes en mayor situación de despojo o desesperación, deciden confiar en los mecanismos de respuesta institucional.
Muchos depositan la fe de la transformación de sus vidas en el despliegue de la democracia plena; quienes la defienden irrestrictamente y no viven en circunstancias tan limitantes sacan provecho de esto, seguramente sin pensarlo demasiado, ni en la situación de relación o la fe del prójimo en sí. Francamente, tanto desprecio ante la fe ajena me resulta una inmoralidad ineludible.
En gran medida la decisión por el abstencionismo viene de dicha visión de sospecha y desprecio a la democracia participativa; no me interesa depositar ninguna clase de esperanza frente a un sistema de participación más que imperfecto, sustentado en la continuación de la miseria, donde los mayores costos los cubren los marginados y pobres, y, a quienes se les exige mayor confianza y paciencia en los tiempos en los que la democracia actúa.
Mi movimiento a votar no se debe a la figura de Cepeda, tampoco necesariamente se encuentra en los valores de izquierda que profeso, mucho menos a un ejercicio racional o de opinión frente a los programas de gobierno —lo cual, valga la pena ser dicho, me parece poco probable para cualquier persona, en el fondo, el voto es motivado principalmente por ideología y por estética, como quisiera demostrar—. Especialmente la última razón, la de la valoración de los programas de gobierno, considero la más performativa y menos auténtica de todas, en tanto es poco probable que alguien cambie de opinión a partir de mecanismos de ejecución del estado y propuestas concretas —unas que sea cual sea el que las emite, poco o nada se cumplen. Además que poco influyen en un ejercicio cuyas motivaciones reales están más relacionadas con reafirmar un voto más o menos decidido, y con la esperanza de llenarse de más argumentos para discutir—.
Mi voto nace de una asociación menos elaborada, y que considero más intuitiva, —que como diría Bergson, me resulta más auténtica por esto— fundamentada en un contagio, no del optimismo de la posibilidad del continuismo de una izquierda que ha mostrado profundos inconvenientes para mejorar efectivamente la calidad de vida de las clases menos favorecidas, sino del contagio por la representación, la asociación, lo moralmente similar y una apuesta de fe a partir de la simpatía por lo más formal, sin sobre interpretaciones ideológicas que busquen darle un piso intelectualmente coherente que cimiente un voto informado.
Voto por cristiano, por montañero, por artista, por amiguero, por benjaminiano, por ignorante, por barroco y por latinoamericano. Creo en la vocación social de nuestra práctica política, en el mal que genera la riqueza a un nivel idólatra, en la búsqueda de alternativas para un trabajo debidamente valorado, en una vida en la que debe tener cabida las artes y la contemplación, en que existe una deuda histórica con una clase campesina de la que vengo, en que la forma encarna los contenidos políticos —y que no son mera apariencia o cascarón—, por lo cual busco risa, esperanza, sentido de justicia, amor al prójimo, amor a la naturaleza, sentido de comunidad.
Busco la sensación de familiaridad formal que relacione con el bien, no por infalibilidad, pero sí por autenticidad. Sin menospreciar la relevancia de lo otro que también es concreto, la política en su vertiente técnica que materializa ciertos valores, esto viene después y me resulta mucho más especular que ver el proyecto de nación, a mi comunidad, mis valores y urgencias representadas en una imagen; esto último me resulta más comprensible y fiable, que simular que entiendo el funcionamiento del estado y que lo puedo predecir a partir de un ejercicio intelectual. ¡Una perfectísima actuación! Porque en ese ejercicio mi más sincera motivación no sería revaluar mi posición, sino profundizarla, argumentarla en la hora de exponerla con otros.
En ese sentido no es la campaña de Cepeda, o la figura de Cepeda o Petro, sino mis similares, mis seres admirados y queridos: su alegría e identificación la que me impulsan a participar junto a ellos, incluso si en el fondo no creo en el triunfo democrático, pero que me permiten hacer parte de una imagen de país en la que logro sentir que tienen lugar mis preocupaciones. Donde no tienen lugar los Abelardos, inflados por la propaganda que hace de los empresarios nuestros héroes épicos; ni la riqueza como eje de nuestras vidas al punto de ser el becerro de oro ante el que bailo para satisfacerle e implorarle; menos lugar tendrían allí las convicciones en una clase destinada a dirigirnos, una que nunca ha encarnado las necesidades y preocupaciones de la mayoría de un pueblo que no comparte siempre su hambre de poder, sino el deseo cuando menos, de vivir tranquilamente; menos aún una que siente desprecio por su lugar en el mundo, su estética propia, su barroco latinoamericano y que busca sin descanso imitar otras maneras de ser impropias en una negación de la historia, cocina, arte, religión y lengua que les constituye —siendo esta última negación una de las que me genera mucha mayor repulsión por otras expresiones políticas en la contienda electoral—.
Finalmente, mi voto también es en rechazo y desprecio de estas expresiones, sin fe en unas consecuencias concretas para desaparecerlas como quisiera, pero como una actitud que simbolice si se quiere, un rechazo al rechazo al que nos han sometido siempre que tratamos de asomar la cabeza por encima del suelo, lejos de las suelas de sus pisadas; como menosprecio a su actitud siempre envidiosa a nuestras aspiraciones de una vida mejor despojada de la ambición de riqueza, sin abandonar la parafernalia que les parece indecente o incivilizada. Este voto es también, quiero creer, la evidencia de mi falta absoluta de vergüenza por ser cristiano, zurdo, latinoamericano, barroco, montañero y artista.


